Hay días en los que no planeas nada y, sin saber muy bien cómo, te sale un plato que repetirías todas las semanas.
Eso me pasó con esta pasta con guisantes y jamón. La preparé una noche con un hambre brutal, la nevera medio vacía y cero ganas de complicarme. Había media cebolla morada que piqué fino, un puñado de guisantes congelados, unos taquitos de jamón que habían sobrado de la pata que teníamos en casa, y los restos de un Grana Padano que me regalaron y… bueno, duró lo que duran esos picoteos tan ricos, que no puedes parar de comer aunque estés hasta arriba.